MENTE EN BLANCO

La Navidad y la incomodidad de regalar

La Navidad y la incomodidad de regalar

Hay una violencia pequeña, silenciosa, en la Navidad: la obligación de regalar bien.


No regalar algo.
Regalar bien.

Que guste. 
Que represente.
Que no decepcione.  
Que no diga más de la cuenta.

El regalo, que se supone es un gesto de cariño, termina convertido en una prueba. Y como toda prueba, genera ansiedad.

 

Durante el día, nadie lo dice.
En la mesa se agradece todo con el mismo entusiasmo ensayado.
Se sonríe.
Se celebra la intención.

Pero después, cuando uno se acuesta, aparecen los pensamientos menos elegantes.

 

Ese padre que nunca le achunta a ningún regalo.
No porque no quiera, sino porque parece no mirar del todo. Y uno lo recibe, sonríe, agradece… y más tarde piensa si de verdad es tan difícil preguntar.


Esa madre a la que a nadie le gusta regalarle, porque nada es suficiente. Porque siempre falta algo. Porque el agradecimiento viene con un comentario, una comparación, una corrección sutil.


Entonces regalar deja de ser un gesto amoroso y se transforma en una obligación cargada de miedo: el miedo a quedar mal, a no cumplir, a confirmar que nunca es suficiente.

 


 

Y después está la otra incomodidad, la que cuesta admitir incluso en la cama: regalar mucho y recibir poco.

Ese pensamiento aparece bajito, casi avergonzado.¿Regalo porque quiero… o porque espero algo a cambio? ¿Y si nadie me regala, qué dice eso de mí? ¿Que me alejé? ¿Que no estuve? ¿Que ya no soy prioridad?

La Navidad tiene esa crueldad: convierte los afectos en objetos medibles.

 

Todo esto convive con la exigencia de estar bien.
De disfrutar.
De agradecer.

Como si sentirse incómodo fuera una falta de respeto. 
Como si el cansancio emocional no tuviera derecho a aparecer justo ese día.

Pero aparece igual.
Aparece cuando el calor no deja dormir. 
Cuando el ruido se apaga.
Cuando el cuerpo se estira en la cama y la cabeza, por fin, deja de actuar.

 

A veces la incomodidad viene por la ausencia.
No están todos.
Y regalar se vuelve extraño cuando no hay a quién regalarle como antes.

Otras veces viene por el exceso.
Están todos.
Demasiado juntos.
Demasiado intensos.
Demasiado opinantes.

Y el regalo funciona como una capa más de presión: un gesto que debería unir, pero que muchas veces solo evidencia lo poco que nos estamos escuchando.

 

 

La cama es el único lugar donde estos pensamientos pueden existir sin corrección. Ahí uno puede admitir que regalar cansa. Que decepciona. Que duele. Que a veces no significa lo que se supone que significa.

 

Y que aun así, seguimos haciéndolo.
No por tradición. No por obligación. Sino porque, torpemente, es una de las pocas formas que conocemos de decir estoy acá, incluso cuando no sabemos muy bien cómo.

 

 


La Navidad no es solo luces y mesa larga.
Es también este desgaste silencioso. Esta incomodidad que nadie nombra. Este deseo contradictorio de estar juntos… y de que se termine luego.

Y quizás descansar de verdad empieza ahí: en aceptar que no todo gesto tiene que ser perfecto, ni todo regalo tiene que cargar con lo que no sabemos decir.

Cuando se apaga el ruido, la cama no pide nada. No espera regalos. No evalúa intenciones.


Solo sostiene lo que quedó.

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